COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
9. LA GRAN OLEADA CONSEJISTA DE POSTGUERRA.
La retirada nazi-fascista dejaba tras de sí desolación y devastación. Muchos burgueses huían con ellos por miedo a la justa ira popular; otros se escondían y se quedaban muy pocos. Muchas empresas, negocios, transportes, tierras, aparecían sin "dueño" e inmediatamente eran ocupadas bien por la guerrilla o bien por los propios trabajadores. El doble poder surgió en amplísimas zonas liberadas y la clase dominante no tenía recursos para recuperar su propiedad, excepto el empleo de los ejércitos aliados. En Alemania esta expropiación práctica de dio en muchas empresas, y también en Italia, Estado francés, Yugoslavia, Grecia, Hungría, Rumania, Bulgaria... No podemos exponer aquí todas estas experiencias así que nos centraremos en las fundamentales.
En Alemania Occidental hubo ocupaciones de empresas por parte de los trabajadores que querían ponerlas cuanto antes en funcionamiento. Ha sido una práctica casi totalmente borrada de los registros históricos, pero se sabe que durante bastantes meses muchas empresas funcionaron bajo iniciativa y dirección de sus obreros, hasta que la burguesía pudo borrar su muy reciente identidad nazi y, apoyándose en una serie de factores beneficiosos como la extrema debilidad de las fuerzas revolucionarias, los pactos internacionales entre la URSS y EEUU, el comportamiento de la socialdemocracia, etc., recuperar su propiedad privada. De todos modos, uno de los pilares del sistema social alemán, tan adelantado en su época, viene precisamente de ese contexto transitorio, de la fuerza práctica y legitimidad que tuvo el movimiento obrero al demostrar su capacidad de poner en marcha fábricas e industrias destruidas y abandonadas por sus propietarios burgueses, nazis en su inmensa mayoría.
En la zona alemana liberada 1por el Ejército Rojo, los obreros ocuparon las fábricas sin ninguna demora y las pusieron en marcha en condiciones de penuria absoluta pero dentro de una democracia socialista, aunque también de inmediato comenzó a formarse un partido de fiel obediencia stalinista, formado por los supervivientes del anterior y por nuevos voluntarios, pero también por muchos arribistas y hasta ex-nazis. Fue un vibrante mes de abril de 1945. En mayo técnicos soviéticos que habían inspeccionado la industria alemana, comenzaron a desmontar algunas de ellas y a trasladarlas a la URSS como "reparación de guerra". Este saqueo aumentó los meses siguientes y para contener el creciente malestar de los trabajadores, la URSS recurrió como ayudantes a los comunistas alemanes que empezaron a perder prestigio entre sus compañeros.
Para el otoño de 1945 se habían impuestos sistemas de control exteriores a las empresas ya bastante supeditadas a los planes soviéticos. A la vez, se impulsaban los sindicatos con tareas y derechos superiores a las de los consejos y comités de modo que para finales de 1947 el poder consejista estaba prácticamente supeditado al partido y al sindicato. Por fin, a lo largo de 1948 el consejismo fue definitivamente arrinconado y controladas cuando no reprimidas las protestas que proliferaron en las zonas industriales hasta 1953.
Aunque en Italia, Estado francés, Indonesia y otros países, el movimiento obrero también ocupó empresas, los campesinos tierras y cooperativa y el movimiento popular llevó sus reivindicaciones a los ayuntamientos, dotándoles de una fuerza de decisión apreciable, aún así, la situación era muy diferente a la de los territorios liberados por el Ejército Rojo, o la ayuda china a Vietnam y sobre todo Yugoslavia. En Italia, por ejemplo, a finales de enero de 1944 se reunieron en Bari todas las fuerzas antifascistas y tomaron decisiones revolucionarias estratégicas, pero a finales de marzo el PCI rompió unilateralmente esas decisiones y optó por una alianza con la burguesía monárquica dirigida por el criminal Badoglio.
El derechazo brusco del PCI permitió a socialistas y reformistas sumarse al carro de la "reconciliación nacional" y arremeter contra la "ultraizquierda" con todas las fuerzas que les otorgaba un gobierno cuyo vicepresidente era el secretario del PCI, Togliatti. Las fábricas y campos fueron devueltos a burgueses y terratenientes; los ayuntamientos vaciados de presencia popular, las guerrillas desarmadas y miles de revolucionarios condenados al ostracismo y desprecio oficial.
Misteriosamente, hasta bien entrada la década de 1950 seguían apareciendo ejecutados fascistas, empresarios, terratenientes y chivatos. Lo mismo sucedió en el Estado francés donde las masas trabajadoras tenían el poder real y el gobierno de De Gaulle el poder oficial, pero el PCF, como en 1936 y el PCI en 1944, se volcó en la desmovilización general, devolver las armas al Estado y las empresas al capital, y la depuración de "ultraizquierdistas". También se pactó el silencio y perdón práctico para el impresionante colaboracionismo burgués con la brutalidad nazi. El PCF, que había conquistado el honor de ser calificado como "el partido de los fusilados" se degradó hasta ser "el partido de los traidores". Así, cuando en otoño de 1947 el PCF quiso movilizar a la clase obrera al ser expulsado del gobierno, la huelga general fue una triste caricatura de lo que fue 1944-45.
Los comunistas griegos --EAM-- aparecieron en 1941, cuando la invasión alemana, como la una única fuerza patriótica capaz de aglutina la mayoría de los sectores sociales, logrando atraerse a buena parte de los pequeños y semiarruinados propietarios campesinos muy abundantes gracias a la derrota sufrida por los grandes terratenientes latifundistas años antes. Existían otras fuerzas, sobre todo el EDES, pero representaban a sectores republicanos y hasta monárquicos ampliamente despreciados por el pueblo. Ofertando un programa de acercamiento de intereses entre esos campesinos y los jornaleros, con las masas trabajadoras urbanas y la empobrecida pequeña burguesía, el EAM y su brazo armado --ELAS-- logró extender un proyecto independentista fuertemente anclado en la identidad griega y en la solidaridad popular frente a la directa amenaza de la reinstauración del latifundismo y de la dictadura al estilo de Metaxas, anterior dictador. De este modo se convirtió en la fuerza dominante, y cuando los nazis se retiraron de Atenas en octubre de 1944, los comunistas detentaban el poder práctico aunque los ingleses se presentaron inmediatamente en la ciudad con poderosas unidades, e implantando el gobierno de Papandreu el 18 de ese mes.
Pero desde verano de 1944, la URSS presionaba al EAM para que se supeditase a la burguesía monárquica, paralizase las reformas sociales y desarmase al ejército popular. En octubre de 1944 Gran Bretaña y la URSS llegaron a un acuerdo por el que Grecia quedaba dentro del "lado capitalista". La batalla de Atenas --Dekemvriana-- fue muy dura y totalmente desproporciondaa por la superioridad cualitativa británica. La URSS mantenía un representante militar en el cuartel general británico cercado por los atenienses, y mandó un embajador oficial a la corte griega. Para mediados de febrero de 1945 el ejército popular estaba debilitado porque la URSS no le entregó ni un solo cartucho. El avance británico iba acompañado de feroz represión y contrarrevolución social, pero para finales de 1946 los comunistas estuvieron en condiciones de reiniciar la lucha armada y el ejército británico tuvo que pedir ayuda a EEUU que se apropió de Grecia en marzo de 1947 pero no pudo vencer a la guerrilla hasta agosto de 1949.
9.1. EL CONSEJISMO EN EL POSTCAPITALISMO EUROPEO
En Yugoslavia, la guerra de liberación contra los nazi-fascistas había creado además de una fuerte identidad nacional eslavo-yugoslava, una conciencia social muy sólida de modo que cuando a finales de la década de 1940 la URSS intentó forzar a Yugoslavia a una unión incondicional, se produjo una reacción contraria, desde un reforzamiento de la identidad nacional yugoslava progresista hasta una búsqueda de un modelo socialista libre de la degeneración burocrática e hipercentralizada del stalinismo. La autogestión yugoslava intentó, primero, establecer la propiedad pública de los medios de producción; segundo, apoyarse en las bases trabajadoras autogestionadas; tercero, potenciar la abolición del salario y de la reunificación mente/mano; cuarto, potenciar la dirección obrera colectiva tanto para las ventajas como para los riesgos y, quinto, intentar reducir al mínimo imprescindible la intervención del Estado en la autogestión de las empresas concretas.
Sin embargo, este meritorio esfuerzo nació minado por el cerco implacable de la URSS, desde petróleo y máquinas hasta cereales, por lo que ya en 1950 el 60% del comercio yugoslavo tenía que hacerse a la fuerza con Estados capitalistas, con efectos desastrosos perceptibles ya entonces como se demostró en el esfuerzo democratizador realizado por Tito y Djilas en 1953 para contrarrestarlos, aunque sólo se retrasó la velocidad del problema pues en 1957 el 70% de los miembros con responsabilidad en los consejos obreros provenían de los ingenieros y técnicos. Así se explica el fuerte debate en el VII Congreso del partido, y el impacto del libro de Djilas sobre la formación de La nueva clase dirigente en Yugoslavia y la URSS, ambos en 1958. La constitución de 1963 intentó corregir esta tendencia, pero en 1966 la burocracia monopolizaba tan sólidamente el poder que el mismo Tito fue comprensivo con las fuertes revueltas estudiantiles y obreras de 1968 contra la "burguesía roja", la creciente desigualdad social, la censura, el paro, etc.
En Polonia los consejos obreros aparecieron en 1945 en las zonas industriales, especialmente en Silesia, y su fuerza duró hasta que, como en Alemania oriental, como hemos visto, el sindicalismo burocrático fue impuesto sobre y contra los consejos obreros. Pero no desapareció su prestigio sino que éste aumentaba en la medida en que degeneraba el control burocrático, obsesionado por reglamentar todos los procesos productivos. Para mediada la década de 1950 el control interno de alrededor de 300.000 mineros exigía de 39.000 miembros del partido y del sindicato, además de los externos. Además, el largo choque histórico entre el nacionalismo polaco y las sucesivas potencias ocupantes, se estaba transformando en rechazo hacia la URSS, y buena parte de los obreros veían en los consejos de 1945 un ejemplo práctico de la superioridad del socialismo polaco sobre el ruso.
En este contexto, en el verano de 1956 la efervescencia social desbordaba al gobierno, como la revuelta popular de Poznan reprimida con tanques, y aunque tenía razón en la tarea procapitalista de la Iglesia, el grueso de la clase trabajadora buscaba democratizar el socialismo con la reinstauración del consejismo. Tras una vorágine que no podemos detallar, los trabajadores ocuparon fábricas y campos decretando el control obrero y la movilización popular el 19 de octubre, día de elecciones en el Pleno del Comité Central y día de llegada de la representación soviética. Urgentes negociaciones a varias bandas evitaron un estallido social y su consiguiente represión mediante oportunas concesiones de Moscú al "comunismo nacional" polaco. Días después, como veremos, la invasión rusa de Hungría fue una contundente advertencia que aminoró sus reivindicaciones. Pero aunque atenuada, la efervescencia continuó y encima apoyada en la legitimidad dada a la democracia socialista y consejista por las experiencias en Vietnam, Argelia y Cuba.
En Hungría, los stalinistas con Rákosi a la cabeza repitieron fielmente todos los errores cometidos por la URSS, causando un impresionante deterioro de las condiciones de vida del pueblo magiar y el desprestigio de comunismo oficial, único existente tras las purgas de los marxistas sobrevivientes al terror Horthy, aliado de Hitler. La crisis era tan seria que en 1953, al poco de morir Stalin, el partido desplazó a Rákosi por Nagy que intentó mejorar las condiciones sociales pero bajo un fuerte control saboteador de la fracción de Rákosi, muy poderosa aún en la burocracia, que logró destituir a Nagy en abril de 1955.
Para detener el malestar creciente, Moscú destituyó a Rákosi y colocó a Gerö que introdujo reformas menos atrevidas que las de Nagy. Fue tarde porque los obreros creaban consejos; los intelectuales exigían mejoras culturales y el partido se diluía y desaparecía mientras aumentaba el prestigio de los marxistas ejecutados por los stalinistas, sobre todo el del mítico Rajk, cuyo solemne y masivo entierro el 6 de octubre de 1956 fue el comienzo del fin de Gerö. No existía poder alguno y el 23 de octubre las masas se insurrecionaron, Gerö dejó el poder nominal a Kádar, protegido por los rusos, pues el poder real estaba en manos de los consejos de obreros, estudiantes y hasta soldados y funcionarios, que reconocían como presidente a Nagy. Solamente la policía política resistió algo hasta que intervino el ejército ruso que, desbordado, se retiró el 31 de octubre.
El Consejo Central Obrero del Gran-Budapest, fundado el 28 de octubre, estaba formado en su 50% por obreros de 23 a 28 años, y el 90% eran miembros del partido y muchos de ellos militantes no burocratizados. Los consejos examinaban muy rigurosamente la calidad política de sus delegados y rechazaban a cualquiera que hubiese tenido alguna responsabilidad en la corrupción anterior. Excepto el presidente y el secretario, ninguno de los restantes miembros del consejo era permanente, debían trabajar y luego acudir a las reuniones y debían explicar todos los días la situación a sus compañeros. El 4 de noviembre se produjo el asalto final ruso con combates muy duros en Budapest, pero los consejos resistieron en las grandes fábricas hasta el día 11.
Los rusos estaban impresionados por la resistencia popular, y tras detener a Nagy y poner a Kádar oficialmente en la presidencia, iniciaron una campaña de desunión de los consejos pues el día 14 hicieron que Kádar reconociera formalmente los consejos y legalizara algunas de sus conquistas anteriores, y después aplicaron una represión sistemática para desbaratar la huelga general. Aun y todo así, el poder consejista disponía de la fuerza suficiente para seguir movilizando y organizando a muchas fábricas y barrios populares como se comprueba en el llamado del Consejo Central Obrero del Gran-Budapest a todos los consejos de fábrica, de distrito y de departamento fechado el 27 de noviembre de 1956, y que terminaba defendiendo "una Hungría socialista, independiente y democrática, edificada de acuerdo con nuestras características nacionales". Los consejos obreros húngaros demostraron una enorme capacidad de organización al tener el poder real durante algo más de un mes en las peores condiciones. Nagy y otros fueron fusilados en junio de 1958, pero otros muchos obreros y militantes marxistas lo habían sido antes.
De entre la bibliografía disponible que analiza las razones del hundimiento del llamado "socialismo realmente existente", y que hacen referencia al fracaso del cooperativismo, de la autogestión y hasta del mismo modelo de economía planificada, hemos escogido de entre los muchos disponibles, cuatro autores, dos mujres y dos hombres. En primer lugar, Catherine Samary, explicó en 1989 en "Planificación, mercado y democracia", antes de la implosión, las razones porque fracasó el movimiento autogestionario, y las resumió en tres lecciones básicas:
Una, no se extendió la autogestión a toda la sociedad y siguió existiendo una dañina separación entre las empresas autogestionadas, el consumo social y los "estrechos horizontes como productores/administradores. Esta es la cuestión clave que está a la espera de una solución". Dos, relacionada con la anterior pero que tiene importancia propia, no se logró la imprescindible y vital "convergencia entre los intereses individuales y las necesidades sociales"; y, tres, ahondando en esta lógica en absoluto socialista, no se logró que los medios fueran coherentes con los fines, no se logró avanzar en la superación práctica de la alienación mercantil, algo fundamental en la teoría marxista:
"Acortar el tiempo de trabajo, eliminar las labores más tediosas y difíciles, conceder tiempo para la capacitación, la educación, las tareas de la autogestión y el ocio, proporcionar a hombres y mujeres los medios para el control de las condiciones que afectan a sus vidas, pueden ser también formar de incentivos materiales no monetarios --al lado del desarrollo del gusto en la toma de decisiones en su propio provecho (...) reunificar al trabajador con su trabajo, estimular la libre expresión pública de las necesidades y promover un debate sobre los incentivos mismos, ayudaría a descartar la soluciones inadecuadas al problema. La gestión democrática de las cadenas de distribución puede ligar los incrementos en el ingreso monetario a los incrementos en la productividad general del sistema. Esto incitaría a los trabajadores a extender todas las ventajas alcanzadas en un sitio en particular, estimulando a aquellos de "más alto rendimiento" a asociarse con otros y a transmitirles su tecnología. Al mismo tiempo, permitiría que toda clase de incentivos ligados a las mejoras en la organización y en la calidad del trabajo operara a nivel local. Pero esto planeta de nuevo la cuestión de cual es la mejor relación tiempo/espacio en la que los consumidores pueden juzgar estos avances y sus mejoras ¿Deben medirlas bajo la opaca y compartimentada dimensión del valor, o bajo la dimensión de la cadena entera del trabajo social y el valor de uso?. Resulta claro, pues, que la conexión estrecha entre las relaciones de producción y las relaciones de distribución, enfatizada sobre todo en la obra de Marx, aparece en un contexto muy complejo en el que los hábitos de la gente permanecen configurados por los incentivos del mercado".
Las reflexiones de esta autora son el resultado de un largo, minucioso y concreto análisis de los procesos anteriores al fracaso de la autogestión de la separación creciente entre una elite burocrática y una clase trabajadora, separación unida al surgimiento de una casta burocrática que se sobrepuso al pueblo trabajador en su conjunto. Aquí no podemos resumir este análisis, por lo que recurrimos a la ayuda de la otra investigadora y, en segundo lugar, Marie Lavigne que en su obra "Del socialismo al mercado" en la que constata cómo aunque:
"Sería de esperar que un régimen socialista concediese amplios derechos de gestión a los trabajadores, que son los propietarios colectivos de los medios de producción (...) En realidad, sólo Yugoslavia organizó toda su actividad económica sobre la base de la autogestión directa a partir de 1950. En otros países socialistas se aprobaron acuerdos formales para la participación de los trabajadores en la gestión, sobre todo a partir de los sindicatos oficiales, que se consideraban como las "correas de transmisión" del partido. Esta participación de los trabajadores siempre fue muy indirecta. Ocasionalmente surgieron consejos de trabajadores más activos políticamente durante períodos de crisis, como en 1918 en Rusia, 1956 en Polonia y Hungría, 1968 en Checoslovaquia y 1980 en Polonia (donde fueron respaldados por el sindicato no oficial Solidarnosc). Se les eliminó o se les vació de toda eficacia".
Sobre estas bases, la autora continúa: "La autogestión se ha hundido como forma de actividad económica y como doctrina. Su debilidad quedó patente en Yugoslavia, donde se mantuvo en vigor hasta el final del régimen. El sistema desembocó en ineficiencia, y corrupción, alimentó la inflación y generó formas de propiedad privada disimuladas, así como desigualdades. En los otros países socialistas, los ideales de autogestión se identificaron pronto con el criptocomunismo y se rechazaron los sistemas de participación de los trabajadores por ineficientes en comparación con el capitalismo genuino. Las directrices de los planes de privatización a menudo han prohibido explícitamente la titularidad colectiva por parte de los empleados. Probablemente, el fracaso de la autogestión en el Este está entorpeciendo cualquier intento de aplicarla en el Oeste más allá de las experiencias existentes, frustrantes e imperfectas". Un poco más tarde, Marie Lavigne afirma que: "Dentro de las cooperativas se desarrolló un sector semiprivado, sobre todo mediante contratos entre la dirección y los campesinos por lo que estos últimos realizaban tareas definidas para la cooperativa, tales como el engorde del ganado o siembra de un cultivo específico, mientras que la cooperativa proporcionaba semillas, fertilizantes, piensos y crías. En las cooperativas, así como entre sus miembros, se desarrolló un espíritu empresarial, sobre todo en Hungría, donde las cooperativas llegaron a ser propietarias de hoteles y clubs nocturnos".
Volvemos a ver aquí el desarrollo de las contradicciones que Catherine Samary ha expuesto anteriormente y que nos conducen en directo al siempre actual y siempre estratégico debate sobre la vigencia de la ley del valor en el período de transición al socialismo, debate que no podemos exponer aquí, y que afecta al meollo esencial del proceso que va desde la ayuda mutua hasta la autogestión socialista, pasando por todas las formas de cooperación, consejismo, sovietismo, etc. Simplemente recordemos que, en contra de toda la teoría marxista sostenida hasta ese momento, ya en 1943 la revista oficial stalinista Pod Znamenem Marxizma, defendía en un artículo atribuido al académico Leontiev la tesis de que "En la sociedad socialista el producto del trabajo es una mercancía; tiene valor de uso y valor".
Semejante negación del marxismo, que sostiene lo contrario mientras se siga afirmando que se trata de una "sociedad socialista", fue inmediatamente aireado en septiembre de 1944 por la revista yanki American Economic Review, y fue luego elevada a rango de dogma por Stalin en su texto de 1952 "Los problemas económicos de la URSS". Dogmatizado este principio, sin el cual no se explica en absoluto la legitimidad de la burocracia, todo el esfuerzo teórico-práctico posterior del stalinismo fue acabar con cualquier alternativa autogestionaria de acelerar la superación y extinción histórica de la ley del valor como requisito objetivo previo para dar el salto al socialismo en su pleno sentido marxista de sociedad que ha superado la mercancía y su alienación.
Durante medio siglo, la burocracia stalinista avanzó a trompicones, con problemas internos entre sus fracciones y contra una gran resistencia obrera y popular dentro de la URSS, por la senda de expandir el llamado "socialismo de mercado" en el que el dinero y la mercancía y por tanto la ley del valor-trabajo, convivieran sin antagonismos con la planificación socialista. Un proceso no lineal, con retrocesos y estancamientos dependiendo de las luchas intestinas entre las fracciones burocrática, que no podemos exponer aquí, pero también de las resistencias de los pueblos y de las masas trabajadoras de la URSS y de otros Estados "socialistas". De entre los muchos ejemplos que ilustran esta evolución contradictoria pero claramente tendente hacia la reinstauración del capitalismo, como ya advirtió Che, hemos escogido dos. Uno, el tétricamente celebre "Manual de Economía Política" de la AC de la URSS, criticado por Che y otros revolucionarios marxistas, y que hasta 1975 sufrió tres adecuaciones y remodelaciones sucesivas. El otro el no menos tétrico "Diccionario de Economía Política" de Borisov, Zhamin, Makarova et alii, de la mitad de la decada de los ’60. Estas y otras muchas obras oficiales desprecian absolutamente la teoría y la practica marxista del poder soviético y consejista, del cooperativismo obrero y autogestion socialista como piezas elementales tanto para entender la democracia socialista --y la dictadura del proletariado-- como la naturaleza del Estado obrero en proceso de autoextinción consciente.
La Perestroika fue el último e imposible intento en esta cuadratura del círculo, y resultaron trágicos los esfuerzos de la intelectualidad stalinista no sólo para justificar la larga teoría antimarxista de la compatibilidad entre socialismo y ley de valor-trabajo, por ejemplo, P. I. Nikitin y su "Manual de Economía Política", escrito en 1959 y reeditado muchas veces posteriormente; sino para demostrar que, en el caos creciente que descomponía por dentro al "socialismo real", la única solución práctica, que ya ni siquiera teórica y ni mucho menos "ortodoxa" era el "socialismo de mercado". Un patético ejemplo, de entre los muchos disponibles, de esta desesperada obcecación nos lo ofrece Leonid Abalkin, director del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias de la URSS, en su artículo de 1989: "El mercado en el sistema económico socialista". Comparando la obra de Nikitin de 1959 con la Abalkin de un tercio de siglo mas tarde, vemos el proceso de descomposición de la URSS y de ascenso lento pero imparable de, primero, la tesis del "socialismo de mercado", negado enfáticamente por Nikitin y, después, mas tarde, por la transformación del "socialismo de mercado" en simple victoria del capitalismo.
Producto de dicha degeneración que, insistimos, contradecía toda la teoría marxista anterior, se desarrolló como un cáncer un sistema transitorio potscapitalista y protosocialista estancado en sus contradicciones internas y que, a pesar de sus innegables éxitos históricos al inicio y durante su decisiva aportación a la victoria en la guerra contra el nazi-fascismo internacional, por citar algunos, comenzó a deteriorarse no tanto por las presiones y agresiones imperialistas exteriores sino, sobre todo, por sus deficiencias internas. Deficiencias que, en síntesis, podemos resumir en cinco grandes crisis estructurales que ya fueron debatidas por los mismos bolcheviques en los años veinte:
Una crisis socioeconómica al no lograr la paulatina extinción de la ley del valor-trabajo; una crisis de legitimidad al burocratizarse el partido, los sindicatos y el poder estatal y liquidar la democracia socialista y el poder soviético; una crisis de estructuración internacionalista interno al no respetarse los derechos nacionales de los pueblos de la URSS; una crisis de acción internacionalista externa al pactar sistemáticamente con el imperialismo y, último, una crisis de valores socialistas al sobrevivir y luego recuperarse lo peor de la ideología patriarcal, burguesa y religiosa. Estas grandes crisis interactuaban desde los años treinta y, tras la guerra de 1941-45, volvieron a crecer imparablemente desde la mitad de los años sesenta.
Aunque, según el método marxista, no se puede estudiar ninguna de estas crisis en aislado, sin relacionarlas con las otras cuatro e incluso con sub-crisis particulares en las que no podemos extendernos, sí hay que dar una centralidad cohesionadora a la crisis socioeconómica. En este tema, y pasando ya al tercer auto , hemos preferido recurrir a la explicación dada por Jesús Albarracín en su texto "Mercado, y plan en la crisis del "socialismo real"", en la que expone seis razones internas, endógenas, del fracaso socioeconómico del "socialismo real": Una, "responde a los intereses de la burocracia, no de la sociedad en su conjunto"; dos, "favorece la ineficiencia y la dilapidación de recursos"; tres, "desincentiva la productividad"; cuatro, "favorece la economía sumergida y la corrupción"; cinco, "incorrecta elección de las prioridades sociales", y última, seis, "el desequilibrio macroeconómico".
Todas y cada una de estas limitaciones estructurales al igual de las cinco crisis interrelacionadas antes vistas son incompatibles con la autogestión social generalizada; peor aún, sólo pudieron desarrollarse tras la extinción/aniquilamiento de la democracia socialista que mal que bien se mantuvo en envejecimiento prematuro hasta la mitad de los años veinte, y sobre todo de la experiencias de control obrero, cooperativismo socialista y desarrollo embrionario de la autogestión socialista. Sus efectos fueron devastadores no solamente en el desarrollo de la lucha de clases posterior, al conocerse lo que había pasado en el "socialismo", sino durante la misma experiencia en el interior de dicho "socialismo". Aquí pedimos perdón por la larga cita que hacemos del cuarto autor, Istvan Meszaros, en su texto "La teoría económica y la política: mas allá del capital":
"El segundo caso que mencioné al comienzo de este trabajo me atañe mucho más de cerca. Se refiere a una concepción de organización del sistema productivo –bajo los principios rectores de la economía planificada– que pretende proporcionar una alternativa viable frente a la característica propensión a los accidentes de la economía de mercado capitalista.
El caso que citaré realmente ocurrió, pese a que hoy pueda parecer bastante increíble. Pero ocurrió. Cuando me enteré del caso, en el verano de 1954 (no por la prensa, donde estos asuntos no podían mencionarse, sino en la sala de un hospital y de boca de un individuo que lo sufrió: mi vecino, involucrado directamente), en la primera oportunidad que tuve expuse públicamente el disparate de lo que denominé una "sátira de la vida real": en un pequeño condado en el sudoeste de Hungría "algunos burócratas sin sentido común sumaron la fecha, 1952, multiplicada por 100 kilos, a la remesa de carne de cerdo que obligatoriamente debía enviar el condado al Estado". Lo que fue especialmente absurdo en este caso no es que hubiera pasado, sino más bien el hecho de que resultó completamente imposible corregir la situación –cancelando el astronómico recargo al compromiso de una entidad económica relativamente pequeña– incluso después de que se revelara el error obvio y de que las autoridades competentes tuvieran que reconocer que había sido una terrible equivocación, con graves consecuencias para las ya precarias condiciones económicas de uno de los condados más pobres de Hungría, el condado de Zala. Por el contrario, las autoridades decretaron arbitrariamente que no era admisible ninguna reducción, porque entre tanto el compromiso exagerado se había convertido en una parte legalmente sancionada del "Plan Nacional" y, por consiguiente, debía cumplirse. Por esta razón, dadas las circunstancias, sostuve que:
Es evidente que detrás de estos accidentes se encuentra la inhumanidad de la burocracia. En efecto, éste es el contenido social y la fuerza característica del acontecimiento, incluso si tan sorprendente acción no hubiera sido cometida por un burócrata nato, sino accidentalmente por un simplón subjetivamente bien intencionado. En el fondo, la acción tiene su lógica interna objetiva, que apunta su dedo acusador en contra de la burocracia.
Para cumplir, el condado de Zala tenía que entregar al Estado la cantidad de cerdos insensatamente inflada, comprándolos donde pudiera para cumplir sus obligaciones "nacionalmente planificadas", puesto que el número total de cerdos que se criaban en Zala no llegaba ni remotamente a la "cifra legal" que se le había impuesto. En consecuencia, para poder cumplir la ley, el condado de Zala, una región montañosa donde se usaban los bueyes como fuerza de tracción agrícola en vez de caballos que eran mucho menos aptos para el trabajo, tuvo que cambiar en los condados vecinos muchos de sus bueyes por cerdos, y además tomar dinero en préstamo, con lo cual enfrentaría más privaciones económicas en el futuro.
No es sorprendente que la arbitrariedad del proceso de planificación económica del cual fueron excluidas las personas que debían sufrir las consecuencias haya generado resentimiento e incluso hostilidad en cada país que se encontraba bajo el sistema socioeconómico del tipo soviético. Para citar sólo un ejemplo: en un libro publicado en 1965, un autor ruso, O.I. Antónov, describió así la actitud prácticamente negativa de los trabajadores que tenían que someterse a las "normas" impuestas arbitrariamente y a la correspondiente disciplina laboral:
Dos trabajadores que habían sido empleados para descargar ladrillos rápidamente de unos camiones, lo hacían lanzándolos al piso y, en consecuencia, rompían por lo general alrededor de 30 por ciento de los mismos. Ellos sabían que sus acciones iban tanto en contra de los intereses del país como en contra del simple sentido común, pero su trabajo era evaluado y pagado sobre la base de un indicador de tiempo. Por ende, se los sancionaría, de hecho no podrían ganarse la vida, si ordenaban los ladrillos cuidadosamente en el piso. Su manera de hacer el trabajo era inadecuada para el país, pero, a primera vista, ¡buena para el plan! Entonces, actuaban en contra de su conciencia e inteligencia, pero con un profundo resentimiento hacia los encargados de la planificación: "No quieren que se haga de la manera que estipularía una buena administración, sino que presionan para que se haga cada vez más rápido. ¡Dale! ¡Dale!" De esta manera, en todo el país, ciudadanos decentes y responsables, seres perfectamente racionales, actuaban de manera desastrosa, casi criminal a veces.
Por ende, la marcada y aparentemente irreconciliable contradicción entre el proceso de planificación y las necesidades de las personas al servicio de quienes debía estar el "Plan Nacional" legalmente ejecutado tenía que terminar, tarde o temprano, con la implosión del sistema socioeconómico del tipo soviético, en lugar de corregir los defectos del capitalismo como se había prometido".
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